Dos pueblos a los que amar, un mundo por el que luchar

Dos pueblos a los que amar, un mundo por el que luchar

En El Salvador, los pueblos del mundo estuvieron presentes de muchas formas con su solidaridad. Hubo ciudadanos de diferentes países del mundo que aportaron sus diversas capacidades, su esfuerzo y hasta su vida.

Los médicos fueron de los más numerosos, eran de diferentes nacionalidades, españoles, chilenos, holandeses, alemanes, italianos, ecuatorianos, norteamericanos, belgas, mexicanos (en voz de un mexicano, los médicos mejicanos eran una plaga que amenazaba con invadir El Salvador). También los hubo en otras áreas y de otras nacionalidades, maestros, ingenieros, odontólogos, veterinarios y otros.

Costarricenses, peruanos, dominicanos, argentinos, uruguayos, brasileños, venezolanos, hondureños, nicaragüenses, todos con su esfuerzo y su cariño, nunca vi asesores militares cubanos o soviéticos, o mercenarios como la propaganda norteamericana y oficial manejaba, aunque si alguno que otro aventurero, pero fueron otras excepciones. La gran mayoría siguió con humildad las huellas de Ernesto Guevara, o en el caso de los mexicanos también las del Capitán Paredes, que luchó junto a Sandino.

Algunos idealizaron el proceso, esperando hallar las actitudes revolucionarias que decíamos defender e impulsar, ‚la vida nueva‛. La mayoría sin ‚curriculum revolucionario‛, comunes y corrientes, con nuestro desconocimiento de lo que era una guerra, con nuestra estatura humana (la que fuera, pero la de cada quien), con su alegría y su disposición a dar su vida si era necesario. Algunos se desilusionaron del proceso, otros siempre fueron ejemplo de dedicación responsable, con gran amor hacia su trabajo. La lista es larga pero de estos últimos recuerdo a los españoles Luisa y Lucas, los mexicanos Nayo, Jazmín, Alejandro (después Augusto), Aarón, Lilián, los ticos David y Lucas, los ecuatorianos Enrique y Eduardo (uno de nuestros comisarios políticos en el BSH), el hondureño Pancho con su gran estatura tanto física como humana, con su FAL y su infaltable café y a Sandra nuestra jefe del puesto médico en el Batallón Sergio Hernández, menudita, con su ‚mochilota‛, siempre repleta de medicamentos e instrumentos quirúrgicos, corriendo para atender a algún herido en pleno combate, bajo el fuego de los aviones y helicópteros.

(Extracto del libro “Fénix – Cenizas de una operación estadounidense que no renació” de Miguel Hernández Arias)

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