Ustedes no: Nosotros

Valentina Portillo

Círculo Literario Ceniza Primitiva.

Soy joven, y lo justo es decir que aún sé muy poco o nada de la vida: ya vosotros, padres, viejos caminantes, aciagos luchadores, diréis: ¿qué tienen estos muchachos que decir? ¿qué saben de la vida? Algunos de estos muchachos, compañeros, escarban ya en la tierra, como si tuvieran la edad de las piedras. Se preguntan, nos preguntamos, cómo llegamos a este punto, en que parecen mito la solidaridad, el colectivo, la dignidad. Poco a poco, en el trajín cotidiano descubriremos cómo se abren los poros en las personas: a veces un mínimo gesto es el compañerismo potencial que yace en todos nosotros. De golpe, al levantarse para saludarnos, en el gesto una anciana nos dice: “somos compañeros”, y nacemos otra vez, luego de esa muerte que sufrimos, como ustedes, padres y madres.

Nos damos en la frente cuando los malos maestros pretenden continuar la indecencia y la ridiculez entre nosotros. Nos indignamos, pero no como las pequeñas indignaciones que otros salvadoreños imitan frívolamente de los descabezados movimientos en Europa. Nos indignamos por la impotencia de vosotros, padres, y por la que heredamos del pasado. No elegimos nuestras circunstancias de vida; y a veces hay entre vosotros que decís: “No nacísteis antes, no conocéis el miedo”. Sin embargo somos miedo: al enfrentarnos a las calles purulentas, al trabajo copioso y explotador, incluso al amor por otros. Somos miedo, y mediocridad, y conformismo. Por eso hay entre nosotros quienes se despiertan de golpe por las noches, si conciliaron el sueño; los que no, sufren las secas pesadillas del insomnio, y se abandonan a la muerte fatídica de los monitores de computadora y los teléfonos celulares.

Antiguos compañeros, vosotros, excombatientes: muchos, no todos, sois sólo exluchadores. Nombráis el pasado en un bar de clase media, reís de él, lloráis por él, os enorgullecéis de él, pero todo desemboca en la misma tristeza: ¿dónde están vuestros hijos? ¿dónde estamos? Sentados frente a una máquina, amando la luz esquiva que nos protege de la otra mano, de otra boca, de otro abrazo. Sentados, inertes frente al televisor. Colgados de una repisa o una viga lamentable, porque nos dio mucho miedo la vida y nos creímos impotentes. Explotados en turbios trabajos cuyo único consuelo es el pequeño y risible salario. Temblamos de miedo cuando los profesores nos imprecan; temblamos de miedo cuando nos violan y nos matan y nos quedamos en silencio. Lloramos y acudimos al psiquiatra porque no estamos seguros de nuestros cuerpos. Tememos dar el beso, tememos descubrir nuestras fuerzas. No tenemos fe en vosotros; aún menos en nuestro potencial.

Por supuesto, no sois del todo culpables: cada parte obtiene el crédito de esta deshumanización.

No votamos, o creemos ingenuamente en una democracia que nunca fue. Los que escribimos a veces queremos desesperar el verso, botarlo, mancharlo, omitirlo, venderlo a precio de la dignidad. Los que escribimos, tenemos miedo; los que escribimos, sin embargo, a veces nos organizamos en un fresco colectivo. Prendemos el fuego, aún entre traspiés, pero en el verso de nuestros antepasados descubrimos la energía que nos cubre, sin saberlo. Lloramos cuando un Roque, una Lil Milagro, un Francisco Díaz, un Quevedo y un Nezahualcóyotl arremeten contra nuestros cerebros, nos puyan un ojo para que por cuenta propia abramos el otro y avancemos.

Queridos compañeros: os escuchamos en los bares, en los cafés, en las universidades: acusáis con mano equívoca el hambre voraz que nos arrebata. Combatís a nuestros héroes o les adoráis sin entenderles, sin amarles, sin caer en ellos. Queréis bajar al pueblo cuando debimos subir juntos a la ciencia, al arte.

Si os burláis, si nos criticáis, es porque aún sois combatientes: vuestras manos no son ya esquivas e inconscientes, y sois parte de la savia eternamente joven que nos recorre. Y entonces no camináis solos, sino con nosotros.

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