Reír si pudiera

por Erick Barrera Tomasino.

Alan es un tipo serio, la verdad bastante frío. Un joven con actitud decadente. A sus 26 años de edad cronológica la ausencia de afectos lo han golpeado infinidad de veces. Es virgen a pesar de su ateísmo confeso. Se masturba tres veces a la semana y se siente melancólico. Lee como hambriento, aunque nunca ha conocido el hambre de verdad.

Natalie, al contrario de Alan, es una mujer. Al igual que Alan, su currículum reza tener 26 años de edad cronológica. Su escolaridad promedio y su salario de maquila, le alcanzan como para ir sobreviviendo y andar desapercibida. Se la pasa aburrida con su horario de casi doce horas en la fábrica, por lo que al salir, cuando no duerme, busca alguna forma de distraerse. Ve la televisión.

“Las mujeres necesitan alguien que las haga reír” es la máxima cotidiana de Alan. Una frase que cruza constantemente por la mente del chico. No puede dejar de pensar en ello y cada vez que lo recuerda, una especie de frustración lo invade en lo más profundo de su ser. “Las mujeres necesitan de alguien que las haga reír”. Repite sin saber de donde se origina esa idea.

Las sonrisas de su hijo de casi siete años, son las únicas que se escuchan en el pequeño cuarto de Natalie. Cuarto de mesón de nimias proporciones. Al igual que casi todas sus compañeras de trabajo. Sí, sus compañeras porque en este trabajo no hay mucho tiempo para intimar con nadie. Natalie es “madre soltera”. Su aterradora relación la dejó “empachada” como para pensar en tener una nueva. Es hora de ir al trabajo, se dice seis días de los siete que –normalmente- componen una semana.

Alan –como lo hemos tratado de describir- es un tipo por demás introvertido,  normalmente se le dificulta elaborar una frase graciosa, mejor dicho, nunca en su vida ha dicho algo gracioso; hasta la risa se le evade en las tertulias con sus compañeros de clase. Si, con sus compañeros ya que jamás puede preciarse de tener amigos. De nada le ha servido ser un sobresaliente estudiante de sociología. Nunca sale a fiestas, ni se emborracha, ni se droga. Su inexpresividad le impide, cual repelente, acercarse a otras personas. Ha publicado una serie de artículos en importantes revistas y está por ganar una beca para cursar estudios en el exterior.

Natalie dejó la escuela cuando se enteró de su embarazo. Sus padres no quisieron apoyarla más y decidió vivir con el padre de su hijo, hasta que por azares del destino, que en este caso llamaremos “conflictos de pareja” -por la constante birriondera de su compañero- les llevó a decidir alejarse una del otro. Sobre todo porque él ya tenía encargado una nueva criatura con una de las hasta ese entonces, mejores amigas de Natalie, pero no contaré más, porque en lugar de cuento esto sería un chambre.

Alan, sí, el chico serio del que les he hablado en líneas más arriba,  esta cerca de cumplir los veintisiete años y se siente solo. Jamás ha tenido novia. Lo cual explica de alguna manera su virginidad. Pero esto es sólo una hipótesis. Todos sus intentos han sido fracasos dolorosos y al buscar una explicación solo recuerda: “las mujeres necesitan de alguien que las haga reír”. Toda su vida las personas mas cercanas se han reído de él, en son de burla, mofándose, bromeando con odio inhumano. Pero jamás ha sido de su gusto ser la victima de los demás.  Lo cual lo hace alejarse cada vez más de las demás personas.

Esta vez Alan decide hacer una tarea práctica de la universidad. En un viaje emocionante en la ruta de buses que conduce de su casa a otra ciudad, percibe como una joven, en apariencia, de su misma edad, aborda el mismo autobús, que en términos técnicos llamaremos de “unidad del transporte colectivo”. Inmediatamente sintió enamorarse de ella. Se identificó con su seriedad, la seriedad de la chica. Le pareció una joven solitaria, reservada, apartada de cualquier interés, introvertida; es decir, una joven como él. Y eso era más terrible puesto que alguien como ella necesita de alguien que la haga reír, y esta cansina frase suena como un eco en la cabeza de Alan: que la haga reír. La haga reír. Haga reír. Reír.

Es un día con viento, helado, gris, que anuncia la llegada del fin de año. Alan se baja del bus, mientras camina solo por la calle, pensativo, preocupado, sin prisa, de forma lenta; caminando por las calles grises de la ciudad, las calles frías e indiferentes, se le viene a la memoria la frase hostil, recurrente, reiterativa, esa de que… bueno, ustedes ya se imaginan cual es; entonces Alan sufre un violento estallido de risa como nunca antes, una risa que le ahoga, le carcome el pecho, que apenas y puede mantenerse de pie, una especie de ataque jamás sentido. Se tambalea de un lado para otro como si estuviera embriagado; así, mientras no para de reír, no logra  percatarse que se encuentra al centro de la calle, por lo cual un autobús, que técnicamente hemos llamado de unidad de transporte colectivo, a excesiva velocidad, lo pasa arroyando provocándole inmediatamente la muerte.

Por la noche en casa, Natalie mientras remienda un viejo vestido prende el televisor, apenas y escucha la noticia de un joven atropellado, no le interesa. Cambia de canal. El programa de comedia pronto comenzaría. Ella tal vez solo necesita de alguien que le haga reír. Reír si pudiera. Su salario está por agotarse y piensa cómo hará para los próximos días. La vida tiene que continuar para ella. No hay tiempo ni para distraerse.

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