Cambios o reformas y ejercicios de poder en EL Salvador.

Por Nayda Medrano

Las revoluciones han sido a lo largo de la historia, la posibilidad de generar cambios dinámicos estructurales en las formas económicas, políticas, culturales y sociales. Dichas acciones, han sido ejemplarizantes en diversos momentos. Tenemos así, por citar algunas, la revolución francesa de carácter eminentemente burgués y que sienta las bases de las democracias actuales en sus dimensiones de ruptura con la monarquía como forma de gobierno y sentando las bases del republicanismo; la revolución mexicana, que abre un hito importante en la defensa misma de derechos humanos, relativos a derechos civiles, políticos, económicos y sociales; la revolución rusa, de carácter proletario y que dimensiona la era de construcción de modelos en un sistema socialista; la revolución cubana, que en América Latina como caso sui-generis, rompe con la continuidad de dictaduras. Todas ellas hay que recalcar, fueron a través de la vía armada.

En el caso que ocupa a El Salvador, diversos intentos de revolución han sido sofocados, quedando inconclusas en la historia las intensiones de transformación estructural anhelada por sectores, desde la conquista mismas. Sendas atrocidades se han cometido: el escarmiento del Rey de los Nonualcos, el casi exterminio de la región de los Izalcos, sobre la cual descansa un pueblo entero y que nos lleva a recordar lo escrito por Roque Dalton:

“Todos nacimos medio muertos en 1932
sobrevivimos pero medio vivos
cada uno con una cuenta de treinta mil muertos enteros
que se puso a engordar sus intereses
sus réditos
y que hoy alcanza para untar de muerte a los que siguen
naciendo
medio muertos
medio vivos”

Y para situarnos en el tiempo en cuestión, la inminente necesidad por los influjos mundiales a solucionar de manera pacífica el proceso de guerra civil de la década de los años 80, dando como resultado los ansiados “Acuerdos de Paz”, que serían la base angular sobre la cual descansarían las transformaciones económicas, políticas y sociales del país.

En este lugar de revoluciones inconclusas, debemos dar un espacio para hablar de las reformas; las que por su lado, apuntan generalmente a transformaciones graduales sin necesidad de modificar la estructura económica, política, social o cultural. Se toman dimensiones parciales que, en políticas consensuales sobre todo de entre quienes manejan el poder fáctico y el oficial, intenta avanzar hacia un objetivo último, sin referirse necesariamente a la modificación del andamiaje principal.

Estas reformas han estado fundamentadas a lo largo de la historia del país, sobre qué tipo de modelo económico es más conveniente. Normalmente, la conveniencia descansa en estos grupos que, armados de la superestructura estatal a su favor, logran dar el paso a las reformas necesarias sin perder de vista sus propios intereses.

Es así como, descartada la revolución y bajo el disfraz de fiestas cívicas y democráticas, cada tres o cinco años hay elecciones que dejan en la población salvadoreña la sensación de haber participado en nuevas construcciones. “Ahora si” hemos escuchado, “viene el cambio” aducen otras, cuando resulta que la misma lógica de gobierno y de ejercicio de poder, se ha enraizado.

Al firmarse los “Acuerdos de Paz”, y al convertirse el FMLN a la vida civil y jugar bajo las reglas de la democracia, creímos que en términos civilizados, dábamos pasos agigantados hacia la construcción de un país mejor. Pero nos olvidamos que la democracia y la superestructura en nuestro país ya estaba montada y desde hacía rato funcionaba a favor de quienes forman parte del sistema, nos olvidamos que jugábamos a las reglas de la democracia burguesa. No lo dimensionamos o creímos poder transformarlo, participando activamente de las estructuras ya montadas y en las elecciones previstas para ello. Y es así como se nos pasaron 20 años Tratando de ganar en cada elección, apostando a la lógica de ganar mayor cantidad de diputaciones, de dominar el ejecutivo, de cambiar las instituciones del Estado. 20 años en los que en procesos de negociaciones partidarias se perdió la lógica de construcción desde la raíz.

El ejercicio del poder entonces, empezó desde 1991, a descansar en la PARTIDOCRACIA. Ese vicio permanente de un pequeño grupo en cúpulas, aglutinado en partidos políticos con acceso al aparato Estatal, que termina negociando con quienes manejan el poder económico de este territorio en particular, en aras de la gobernabilidad necesaria.

No sería completo el panorama si no nos detenemos a leer sobre lo que históricamente ha significado el Movimiento social en El Salvador, mismo que ha tenido álgidos momentos, pero declives importantes en su quehacer. Un movimiento que fue base fundamental en el proceso de revolución iniciado y sostenido durante el conflicto armando, con reivindicaciones fundamentales pero que como en muchos otros ámbitos, la firma de los “Acuerdos de Paz” también le marcaron el quehacer cotidiano. Poco a poco, las expresiones movimientistas fueron cooptadas por el civismo necesario, por la filiación requerida y por la coyuntura electoral imprescindible en las transformaciones. Muchas veces, tantas cuales el partido político se fraccionó, el movimiento también, haciendo con ello atomizaciones sin símil en un país tan pequeño como El Salvador.

Hace dos años, con la ansiada esperanza del triunfo electoral de un partido de izquierda en la gestión estatal, hemos visto a un movimiento tratando de encontrarse en su quehacer. No ha sido fácil reflexionar sobre lo cotidiano con esta nueva coyuntura e incluso, sendos debates metodológicos han enfrascado a diversas organizaciones, sobre el modelo de incidencia a efecto de lograr reivindicaciones.

No obstante a ello y a raíz de la cereza del pastel de la aprobación tanto del Ejecutivo como del órgano Legislativo de un Decreto (743) que vulnera derechos constitucionales relacionados con la independencia de poderes a favor de la lógica electorera y en detrimento del Estado de Derecho, provocado por el fortalecimiento de la institucionalidad del estado en algunos fallos emitidos por la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia, hemos podido ver un vasto movimiento social amalgamando ideas plurales, procesos inclusivos, aún a cuestas de intenciones mal habidas de desvirtuar esta iniciativa tan amplia en construcción y tan sui generis, como lo fuera el derrocamiento del General Maximiliano Hernández Martínez en su momento. De todo esto, es necesario concluir que es tiempo de construcciones distintas, de democracias reales en las que el pueblo sea quien en lo real ejercite el poder de decidir, el poder de proponer, el poder de construir.

Sendas discusiones históricas han girado en torno a “Reforma o Revolución”, todas ellas hacen alusión a si es posible una real transformación en la estructura económica, política y social, tomando como base la naturaleza del capital, lo cual remata imposible; o si se puede avanzar en el campo social, a través de consensos y diálogos sociales. Hemos visto en los últimos años, procesos interesantes de descontento que han derrocado gobiernos o que han inclinado la balanza por la abstención a partidos de derecha. Tenemos el caso de Egipto, de Túnez e incluso, con su salvedad propia el caso de los indignados en España, lo cierto de todo esto, es que descansa en el pueblo una enorme hambre de participación, lo que corresponde es encausarla. Es, insisto: tiempo de propuesta.

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